De la calle a la mesa… Y tiro por que me toca

  • Este panel de la exposición La juguetería del pasado. Construyendo sueños se centró en los juegos de calle y en los de mesa, dándole un sentido de continuidad, en tanto que la forma de jugar cambió drásticamente en un momento dado del pasado siglo.

Los niños y las niñas de entonces jugaban en la calle, siempre al aire libre. El divertimento poco tenía que ver con juguetes extra más allá de una pelota, una peonza o una tiza con la que dibujar en la calzada. Principalmente, jugaban con su cuerpo y sus piernas, siempre en movimiento -necesidad vital de niños y niñas- y requerían de unas reglas mínimas para regular la competición: el pilla-pilla, el escondite, la rayuela… esos pasatiempos que duraban hasta largas horas de la tarde, hasta que tu madre te llamaba desde la ventana o salías corriendo a casa, porque no te habías dado cuenta de lo tarde que era.

Si el juego en la calle necesitaba elementos, estos eran mínimos y, sobre todo, arrojadizos, como las pelotas. Los de destreza también eran un clásico: la comba, el diábolo, las chapas… Mención especial merecen las tabas u “osaletes”, juego antiquísimo que evolucionó hasta el plástico, pero que originalmente se elaboraba reutilizando huesos de animales. Se trata de un juego de azar popularizado desde la antigua Grecia, que consiste en lanzar cinco huesos del astrágalo del carnero, el que articula la tibia y el peroné. Arrojándolos como si fuese un dado, a cada una de las posiciones o posturas del hueso se le otorgaba un nombre: pancha, agujero, oreja y plato, un claro ejemplo de cómo objetos cotidianos sin valor aparente se convertían en juegos infantiles.

Lo que ocurrió después fue que el automóvil invadió las calles… Aquellos tramos de tierra en los que se jugaba a las canicas se asfaltaron, las carreteras ya no eran seguras, los coches circulaban y no dejaban espacio para los pasatiempos. Asimismo, la seguridad de las calles cambió y comenzó a ser más peligroso que los niños y las niñas “andasen sueltos” sin supervisión. En definitiva, el juego en la calle se convirtió en una práctica demasiado peligrosa. Fue entonces cuando los/as menores tuvieron que quedarse en las casas y buscar otro tipo de entretenimiento y, a raíz de esto, aumentase considerablemente el juego de mesa como tal. El parchís, la oca, la escalera, el Monopoly y otros muchos juegos, que ya eran populares en la primera mitad del siglo XX, experimentaron un auge considerable, puesto que la industrialización permitió la fabricación en serie.

Entre los juegos de mesa más populares, destaca Juegos Reunidos Geyper. Industrias Geyper (fundada en Valencia en 1945) lanzó al mercado en 1965 este compendio familiar de juegos de mesa. Gozó de gran éxito desde el principio, dada la creciente demanda de juegos que ofrecieran diversión ilimitada para todas las edades. Las familias se reunían para participar en partidas de parchís y de oca, entre otros, que fomentaban la diversión en grupo.

Pero el juego de mesa no siempre fue igual. A finales del siglo XIX y principios del XX, el juguete empezó a tomar un rumbo didáctico, puesto que aumentaron las corrientes pedagógicas que modificaban la visión de la infancia, siendo la figura clave de esta transformación María Montessori. Su filosofía defendía, entre otras cosas, que los niños y las niñas tenían necesidades educativas propias y que su aprendizaje debía ser activo y autónomo.

El declive de los juegos de mesa comenzó a partir de los años 80, debido al cambio en los hábitos del ocio infantil, acaecido principalmente por los videojuegos. No obstante, esta afición regresó hace unos años e inició una nueva moda de esta forma de entretenimiento.

Como siempre, es un placer participar en esta actividad escolar del museo. Los martes a las 11:45 horas nos levantábamos del ordenador e interrumpíamos por 45 minutos nuestra rutina diaria para estar con el alumnado de quinto y sexto en el aula, museo, almacén, fondo documental, exteriores, etc., donde la jornada requiriese. Un rato de investigación y trabajo, sí, pero nada que ver con nuestra práctica habitual. Ha sido un placer contar con Roberto y Lucía en esta experiencia que, espero, no olviden en su siguiente etapa educativa.

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