Las leyes de costas obstaculizan los beneficios que cetáceos varados pueden ofrecer a la sociedad, según un estudio en el que participa la UMH

Un equipo de investigadores internacional, en el que participa la Universidad Miguel Hernández (UMH) de Elche, ha analizado los múltiples servicios ecosistémicos que los cadáveres de cetáceos varados han proporcionado a la humanidad. Según este estudio, las normativas responsables de la gestión de los cadáveres de ballenas, delfines y otros cetáceos ponen en riesgo la esencial función ecológica que estos desempeñan en las zonas costeras, ya que aportan gran cantidad de nutrientes para los organismos que las habitan.

Los cadáveres de estos grandes animales han cumplido un papel esencial en los ecosistemas costeros. De hecho, algunas especies como, por ejemplo, los cóndores en América llegaron a especializarse en este abundante recurso. Gracias al consumo por parte de estos y otros carroñeros, entre otros procesos naturales, los efectos de los nutrientes aportados por los cetáceos varados pueden observarse a grandes distancias, tierra y mar adentro. Bajo el agua, los efectos pueden apreciarse incluso durante décadas, tras la muerte del cetáceo.

Desde la prehistoria, los humanos han extraído alimentos altamente energéticos de los cadáveres de cetáceos varados como la carne y la gruesa capa de grasa que poseen bajo la piel. Naturalmente, los usos asociados a los cadáveres de cetáceos han evolucionado conforme han cambiado las sociedades. Hoy en día, el consumo de cetáceos está limitado a un puñado de economías de subsistencia y a algunos países que contradicen la normativa medioambiental internacional. Según explica el catedrático del Área de Ecología de la UMH José Antonio Sánchez Zapata, “en la actualidad, una buena parte de los beneficios que los humanos podemos adquirir de los cetáceos varados tiene que ver con su valor científico y educativo, tanto in situ como en los muchos museos en los que se exponen esqueletos y otros restos. También, hay un creciente interés entre la población general y los ecoturistas, no solo por los propios cetáceos varados, sino también por la oportunidad de observar y fotografiar los abundantes animales que se acercan a ellos”.

Sin embargo, este trabajo en el que participa la UMH revela que gran parte de las zonas costeras está actualmente sometida a restrictivas regulaciones que obligan a eliminar con celeridad los cadáveres de cetáceos varados. El fundamento general de esta práctica es evitar las molestias para la población local y el turismo de playa, derivadas del proceso de descomposición del cadáver (por ejemplo, los malos olores). Sin embargo, este hecho impide que los cetáceos varados cumplan su complejo e indispensable papel ecológico y limita los beneficios que los humanos pueden obtener de ellos.

A excepción de las costas más remotas y despobladas, donde aún se permite la descomposición natural de los cetáceos varados, las prácticas más frecuentes de eliminación de los cadáveres consisten en su enterramiento, incineración o transporte a vertederos. Sin embargo, “es importante saber que ninguna de estas prácticas está exenta de costes, ya sean técnicos, sociales, económicos o ambientales”, señala el profesor de la UGR Marcos Moleón. A esta afirmación hay que sumar el desplome que las poblaciones naturales de cetáceos, especialmente ballenas, sufrieron en los dos últimos siglos. Esto conllevó, también, al descenso del número de cetáceos varados, lo que desencadenó consecuencias nefastas para la conservación de especies, particularmente dependientes de este recurso como los cóndores.

El 40% de la población humana actual (más de 3.000 millones de personas) vive en zonas costeras, lo que supone una gran presión para el resto de seres vivos que habitan estos medios. El catedrático de la UMH José Antonio Sánchez Zapata insiste en que esta investigación pone de manifiesto la necesidad de revisar las actuales normativas sobre la gestión de los animales varados para hacerlas medioambientalmente más amables. Además, es fundamental que estas normativas contemplen las singularidades de cada caso, ya que las medidas que se apliquen dependerán del contexto ecológico y social.

Las alternativas incluyen el transporte de los cadáveres a reservas marinas cercanas y otros enclaves costeros poco transitados, además de delimitar pequeños tramos de playa o periodos del año en los que se controle la presencia humana. “Datos preliminares de nuestro grupo de investigación indican que los animales carroñeros de nuestras costas pueden ser sorprendentemente eficientes en reducir el cadáver de un cetáceo de pequeño tamaño a unos cuantos huesos, por lo que las posibles molestias ocasionadas por la descomposición de estos cadáveres serían efímeras. No obstante, se trata de un aspecto aún poco estudiado que requiere de más esfuerzo de investigación con distintas especies y en distintos ambientes”, añade Sánchez Zapata. Con la protección legal de los cetáceos y la consiguiente recuperación de sus poblaciones será inevitable diseñar estrategias que compatibilicen la conservación de la naturaleza con las necesidades humanas. “La conexión naturaleza-humano, más que su disociación, puede ser fuente de múltiples beneficios para nosotros y las generaciones futuras”, concluye el profesor de la UMH.

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